Como una pastilla efervescente en un lago, como cañón erosionado, como papel en ácido, como el micelio en mi cuerpo, como las lágrimas sobre el fuego de la hoguera, como mi memoria o como mis ideas: me plazco en deshacerme, me dejo en el adiós, me deshago en el cosmos, me olvido en benzodiacepinas, me lluevo sobre cloro. Qué bien duele, que mal culpa, descomponerme en la otredad del universo, momento sagrado, disociación que me conecta con una realidad más grande que mi entendimiento... Me dejo inexistir lentamente mientras dejo de sentir, y que bien lo malo y que mal lo bueno, ojalá no despertar de esta sensación.
La gente desaparece pero prevalece la forma en la que lo hicieron, es herencia inmaterial y pasto de sus propias llamas, es el precio tanto de amar como de vivir lo es la muerte, es un pacto con la evolución, es un miembro fantasma, es el dolor al respirar y la sonrisa al recordarlo todo. Si las redes de apoyo se quedasen y el deseo de quien no es de nadie desapareciese, una economía basada en nuestra naturaleza se impondría sobre la estructura del todo, conquistando poco a poco los rincones espinosos de nuestros demonios y desbancando en buena parte el status quo, un huracán de fuego inconmensurable que quemaría tanto la soga como el oro a su paso, dejando la materia prima humana y esperanza en nuestro haber. La gente desaparece pero quedan las personas.