No permanezcas, no seas poder ni le rindas pleitesía, ruegues o alteres tu bandera por la sal de lo ajeno.
Somos ríos al mal y al mar me dirijo, ríos repletos de musgo, océano rebosante de perlas:
Eres agua dulce y apacible, tu flujo envuelve mis hojas marchitas, fue danza en relámpago, fue belleza y éxtasis; pero me llama el salitre y acudo sin siquiera pretenderlo hacia el final de la corriente: Desembocamos en nuestro más sacro legado, cercanos a la ficción del propósito, allí en el fondo del las Marianas, aguardo.
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