Una canción familiar envolvía el ambiente con su
impredecible compás cuando contemplé por primera vez el vuelo de la sangre, danzante
en el aire, como el niño que visualiza por primera vez un arcoíris, recobrando la
inocencia o perdiéndola de algún modo, de alguna manera creía que él era
inmortal, pero todo lo que sangra puede morir.
Entonces lo recordé, recordé por qué me encontraba ahí, bailando
también en el aire de una caída inmediata, toda mi vida bajo la sombra de otro
ser, angustiado, desorientado, pero ahí estaba él, bailando conmigo su sangre, e
ileso yo, nunca había imaginado un final tan hermoso, salpicó toda ella mi piel,
casi compartiendo el ritmo con aquel famoso jazz sobre volar hacia la luna y la
recibí como una primera comunión.
Entonces todo volvió a su ser, él estaba ahí así que no podía
haber muerto, convendría haberme librado de él muriendo yo, o eso pensé durante
toda mi vida, pero contra todo pronóstico, ambos permanecíamos con vida.
Apoyado en mi desvencijado armario, mi padre, mi prisión, se hallaba en peor estado que aquel viejo mueble si cabe, un montón de cuchillos e instrumentos punzantes de cocina adornaron los suelos y su tintineo debió ser lo que me extrajo de aquella ensoñación.
Mi madre estaba herida, fruto de sus golpes, los ojos envueltos en violeta, la
piel agrietada de sus labios como la de un anciano, símbolo de su angustia,
pero le levantó, y él se apoyó en ella, y mientras profesaba amenazas de muerte, las cuales se juraba que cumpliría cuando lo trajeran del hospital que se dignase a tratar sus heridas faciales,
todo volvió a tornarse surrealista.
Miré de nuevo el menaje y caí en cuenta de lo sucedido, la
sangre era suya pero los utensilios de muerte también, lo único que lo detuvo
fue el miedo a la misma que siempre había manifestado, yo estaba vivo y me
sorprendí por ello por buenas razones, mi padre había intentado matarme pero
estoy seguro de que eso no me importaba, debí actuar por alguna razón más.
Llamé a alguien que quería, ”estoy cubierto de sangre”, dije
como mis labios en duermevela me permitieron, aunque ambos supimos de inmediato que
no se trataba de la mía.
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