El mundo está impregnado del sonido de la muerte, el cosmos apenas contiene la presión del azabache, el tiempo no es sino un síntoma de que sabemos que está ahí mas si nadie vive bajo un credo, mas si toda montaña es una quimera que se alcen pues las olas del mar que abraza la agonía, que me riegue densa lluvia sobre frecuencias de melodía final so ritmos de herrumbre danzan sobre un manto de dicotomía, so arpegios anuncian su llegada y su eterna presencia heme aquí, dioses combados y desnutridos; Y es que siempre he sido de jazz, como la misma, impredecible. Y es que al gran globo infectado de nosotros se le escapa el chapapote, repleto de su música feral, repleto del sonido de la muerte.